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Por
qué escribir poesía en el siglo XXI
Por
Luis Benítez
No
por repetida siglo tras siglo -con toda probabilidad- la pregunta deja
de ser atinente.
Las respuestas han sido muchas, porque la poesía es el género
literario más antiguo de todos, el primero, el que dio origen a
todos los demás.
El
registro más añejo de la escritura se conserva en el Museo
Británico y es un libro de poesía: el Cantar de Gilgamesh,
datado para algunos en 4.000 años. Cincuenta mil tabletas de arcilla
o, mejor dicho, fragmentos de ellas, cubiertos de escritura cuneiforme,
del tiempo en que se ponían los cimientos de las pirámides
y los europeos cazaban jabalíes en lo que hoy es la Place de la
Concorde.
La
poesía ya existía desde antes de ese evocado registro escrito,
seguramente, y se trasmitía y era consecuentemente deformada por
tradición oral, como siglos después del anónimo autor
de Gilgamesh todavía se haría en Grecia.
Una
teoría sobre su origen dice que devino de los cánticos religiosos,
con lo que tendría entonces un doble origen: uno musical, que arrastraría
a formar palabras que acompañaran la melodía, para expresar
lo que sentía el que cantaba, y otro puramente verbal, el que prefieren
otros, quienes identifican el punto de partida de la poesía con
ese hipotético pero suponible momento en que aquello que se hizo
para ser cantado comenzó a ser repetido sin acompañamiento
musical alguno.
Se
puede imaginar que la poesía se originó en ambos momentos,
sin mayor contradicción: ya era poesía cuando se acompañaba
la modulación de esas palabras con sistros o flautas dobles, y
se consolidó como tal cuando fue posible declamarla con o sin instrumentos.
Plástica y adaptable como es, capaz de diversificarse en múltiples
géneros y subgéneros, debe haber perdurado su forma cantada
junto a la recitada, incluso después de haber adoptado otra forma
de expresión, que ya fue la escrita.
Entonces
servía para lo que sirven todas las fórmulas religiosas,
para conjurar el miedo del hombre a cuanto lo rodea. Tendría las
mismas propiedades que una fórmula mágica; esto es, la de
modificar la realidad para quienes creen en ella, la de modificar el estado
de ánimo de quien la recita, para nosotros, los contemporáneos.
Sin embargo, más allá de estas propiedades curativas, poseía
como ya dijimos, en germen, todos los otros géneros literarios
en su textura. Textus llamaban los romanos a los tejidos, las tramas hechas
de varios hilos y de allí viene nuestro vocablo texto. Los hilos
de la poesía contenían la narrativa, pues ella no sólo
servía para una función lírica –en su primera
acepción, algo hecho para ser cantado con acompañamiento
de una lira- sino también para referir sucesos, y no sólo
fabulosos. Ello nos conduce a una incipiente ensayística, por ejemplo
en La Teogonía de Hesíodo, escrita siete siglos antes de
la era cristiana, un “ensayo” sobre el origen del mundo, que
se suma a los 800 versos de Los Trabajos y los Días, del mismo
autor, un extraordinario poema y, además, un tratado completo sobre
agricultura (aunque no sea éste su mérito mayor).
En Occidente y con el paso del tiempo, la poesía se despojó
en la mayoría de los casos de todo residuo teológico y se
afirmó como género en sí mismo, dotado de una gran
independencia y poseedor de una prolongada tradición propia, como
dijimos, la más antigua –y la más desarrollada- de
todas las que conforman la literatura.
La pregunta por el sentido de un género literario nunca proviene
de quienes lo cultivan, sino de quienes lo observan, y aunque el poeta
contemporáneo puede serlo y además ser un estudioso del
mismo género que practica, no por ello la condición de inquietud
respecto del fin último del género deja de ser, primeramente,
exterior al objeto en torno al que se constituye la pregunta.
En épocas no tan lejanas como los tiempos de Hesíodo, como
el siglo XVII o el XIX, por ejemplo, Shakespeare o Baudelaire no pensaron
en el sentido de escribir poesía, sino que la escribieron sin más
ni más. Posteriormente el avance del pensamiento lógico
se extendió –felizmente, desde luego- hasta la indagación
del sentido de todas las actividades del hombre y allí fue, entonces,
que comenzamos a pensar en las cuestiones que tienen que ver con la posibilidad
o no de ejercer ciertas y determinadas cualidades de la mente humana,
cuando las circunstancias en que se originaron y desarrollaron han variado
y hasta se ofrecen como adversas a su continuidad.
Por
ejemplo, la posibilidad de escribir una ópera en 2007, cuando este
género musical data de 1597, con el estreno de “Dafne”,
por Jacopo Peri, ante un círculo de ilustres humanistas florentinos.
¿Ha envejecido la ópera como género musical? Posiblemente,
la respuesta es sí, y las razones muchas, pero ello no quita que
haya gente que insista en el placer de escuchar ópera e inclusive
lleve su empecinamiento hasta el inicuo acto de molestarse en ir a un
teatro para asistir a su representación. Personas que coleccionan
CDs y DVDs de ópera, que están suscriptas a revistas y boletines
web que informan sobre ópera. Gente que mañana, cuando la
holografía le permita montar los cuatro actos de “Carmen”,
de Georges Bizet, en el living de su casa, lo hará y hasta invitará
a sus amigos a esa función de fantasmas tecno.
Creo que el mundo que engendró la ópera y antes de ella
a la poesía, cambió más en detrimento de la primera
que de la segunda, porque en el caso de la poesía ésta se
ha mostrado más permeable y efectiva para mostrar los cambios sucedidos
en el espíritu humano que la ópera. Es decir, que ha podido
absorber –como lo hizo ya en todo su historia anterior- esas modificaciones
ocurridas en aquello que es su origen y a la vez su destinatario, como
gustaba de decir Paul Eluard, “lo mejor de nosotros”.
Sugerida la posibilidad de que en el transcurso del corriente siglo la
poesía sea capaz de asimilar y transformar en materia propia cuanto
le siga sucediendo al hombre (como lo viene haciendo por lo menos, desde
hace 4 milenios), nos queda el enigma de sus posibilidades de expresión,
que me animo a suponer que serán tan variadas como impensables.
Del mismo modo que era inimaginable el escándalo Dadá en
tiempos de Paul Verlaine, pero se produjo en Zurich apenas dos décadas
después de su muerte. El mundo había cambiado y la expresión
de la poesía también, pero hoy nadie puede negarle a “las
Fiestas Galantes” del desgraciado Verlaine la misma condición
de texto integrante de la tradición poética occidental que
posee "La primera aventura celestial del señor Antipirina",
de Tristan Tzara.
Lo que es seguro que cambiará –como sucederá también
para la música, la narrativa, la arquitectura, el cine, etcétera-
será obviamente el soporte y el formato tecnológico de la
poesía. De hecho, el siglo incipiente ya nos lo muestra con el
avance de los medios de que dispone la poesía contemporánea
para llegar a lectores y autores. Internet se transformó en un
aliado que hay que agradecer, pues permite que cualquier verso (sea un
endecasílabo o un hexámetro, lo mismo da) pueda ser leído
en cualquier sitio del mundo en segundos, desde que pulsamos “enviar”.
Este
mundo a recorrer por la poesía a través de medios mucho
más veloces que las revistas impresas del siglo pasado, seguramente
le brindará otros medios, pero ya rompió los límites
que imponían no sólo el tiempo y el espacio; también
los “lobbies” que controlaban el acceso de los poetas a los
medios han sido lesionados por el avance tecnológico. Si antes
un poeta no “existía” en tanto y en cuando no era adoptado
por un “lobby” que controlaba la difusión de los textos
a través de un medio, la explosión de medios de llegar a
lectores y autores por Internet ha despojado de buena parte de su poder
a estas mutuales del pretendido “buen gusto” literario, erigido
en razón primordial cuando no ha sido siempre otra cosa que un
eufemismo para operar la restricción y el privilegio, no manejados
por la calidad sino por la conveniencia. Yo nací entre ambas épocas
y como muchos de mis compañeros de generación, sé
muy bien a lo que me refiero.
Entonces, si la poesía puede ser que se adapte a representar los
sucesos, cambios y transformaciones que se irán produciendo en
el espíritu humano, en concordancia con los que tendrán
lugar en el dilatado espacio/tiempo de este siglo que recién cuenta
siete años, y además, algunos de esos cambios –los
tecnológicos- es probable que todavía le proporcionen más
y mejores medios de difusión que todos los anteriores… ¿no
es nuestra época actual y lo serán las que la sigan en la
secuencia futura, unos momentos muy interesantes para, precisamente, escribir
poesía?
Me quedo con lo que dice un fragmento de “Contrabando”, ese
bellísimo poema de Denise Levertov:
“El
árbol del conocimiento era también el de la razón.
Por eso es que probar de él
nos expulsó del Paraíso. Lo que teníamos que hacer
con esa fruta
era secarla y molerla hasta obtener un polvo fino,
para después usarlo de a poco, igual que un condimento.
Probablemente el plan de Dios era mencionarnos más tarde
este nuevo placer.”
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LUIS BENITEZ (Buenos Aires, 10 de noviembre 1956). Poeta, narrador, ensayista
y dramaturgo argentino. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía,
Capítulo de New York, Estados Unidos, con sede en la Columbia University;
de la World Poets Society (Grecia); de la International Society of Writers
(Estados Unidos); de Poets for Peace and Non Violence (India), del Advisory
Board de World Poetry Press (India), Miembro Honorario de la sección
argentina del IFLAC (International Forum for a Literature and a Culture
of Peace) y de la Sociedad de Escritoras y Escritores de Argentina. Ha
recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association
La Porte des Poétes, de París, Francia. Sus 24 libros de
poesía, narrativa, ensayo literario y teatro se publicaron en Argentina,
Chile, España, Estados Unidos, México, Uruguay y Venezuela.
Entre otros reconocimientos, su obra ha recibido el Premio Internacional
La Porte des Poétes (Paris, 1991); el Premio Bienal de la Poesía
Argentina (Buenos Aires, 1991); el Premio de Poesía de la Fundación
Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); el Premio Internacional
de Ficción (Uruguay, 1996); el Primo Premio Tusculorum di Poesia
(Italia, 1996), el accésit del 10me. Concours International de
Poésie (Paris, 2003) y el Primer Premio Internacional para Obra
Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2007).
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