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La maldición entrópica

Julio César Londoño

La ley de la entropía es un principio central de la ciencia moderna. La termodinámica, la física de partículas y buena parte de las especulaciones astrofísicas, giran en torno a ella. Puesta en cristiano, la ley de la entropía nos advierte que hay una tendencia natural en el universo hacia un estado de máximo desorden, y que este proceso es espontáneo e irreversible. Un ejemplo: es probable que un edificio colapse de manera espontánea. Pero la posibilidad de que esos granos de arena y cemento, y esos ladrillos, varillas, pinturas y enchapes se agrupen por obra del azar y vuelvan a erigir el edificio, es computable en cero.


Hay voces disidentes, claro, como lo ilustra “el problema del vaso”. Un vaso es un conglomerado de moléculas minerales ordenadas en una estructura generalmente cilíndrica. Cuando se cae y se rompe, esas moléculas se desparraman en un reguero aleatorio de astillas. El desorden, es decir, la entropía, ha aumentado. Hasta aquí el razonamiento ortodoxo. Los estetas, una de las más vigorosas ramas de la disidencia, alegan que el desorden es un concepto subjetivo y que el reguero de astillas bien puede configurar un conjunto más estético que el manido e incólume vaso inicial. Por lo tanto, el desorden, y con él la entropía, han disminuido.


Otros disidentes, los vitalistas, afirman que la reproducción de las especies es un fenómeno espontáneo que viola la ley de la entropía porque toma elementos dispersos en la naturaleza, y forma con ellos esas criaturas altamente organizadas, los animales y los vegetales.


Pese a estas sagaces argumentaciones, la validez de la maldición entrópica en el campo sociológico es indiscutible. Veamos unos ejemplos.


De acuerdo con un refrán famoso, cuando una zorra entra a un convento es más probable que las monjas se vuelvan zorras, que la zorra se vuelva monja. (O ley de entropía aplicada a la termodinámica de los conventos).


El señor A, un atleta que sopla bazuco en sus ratos libres, entabla amistad con el señor B, virtuoso pero sedentario. La probabilidad de que el señor B termine ‘soplando’ es 17 veces mayor que probabilidad de que se vuelva atleta.


En política, la entropía explica la inutilidad de las buenas intenciones. Para luchar contra la corrupción, digamos, los gobiernos aumentan el número de los organismos de control (es decir, introducen monjas en el sistema). Pero la medida sólo encarece ‘la mordida’, hecho que desestimula la producción, dispara la corrupción y la miseria, y la entropía (el desorden) triunfa una vez más.


Ella es la responsable de que los documentos se traspapelen, que la casa se ensucie sola, que los bares tengan más clientes que los gimnasios, que los prados se vuelvan matorrales, que la fruta buena no sane la mala, que el zar anticorrupción se ‘tuerza’, que George W. Bush se haya impuesto sobre Al Gore, que la energía se degrade y que el universo todo vuelva un día al oscuro vórtice de donde salió: al caos total.


Para los físicos más descreídos, la entropía es otra prueba de la imprevisión de Dios, de sus deslices termodinámicos. Para los piadosos, en cambio, esa tendencia es un mecanismo de control con el que la divinidad destruye los universos que le resultan chuecos, como éste.

 
     
 
 
     
     
 
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