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Jaime Espinel
 
 

 

ALIAS BARQUILLO

Por: Renandarío Arango


En vida no fue fácil abrazarlo.
Sobradas razones hubo para algunos, tal vez rengos de afecto, pues sus casi dos metros marcaban distancias, impedían un acercamiento que permitiera un cara a cara, cuando estaba de pie; pero sentados se encorbaba con la misericordia a lomo de buen conversador imponiendo su tos de chiste, con el humor amargo, cruel y simple, o filosófico y lapidario para el gracejo o cuento según quien le fuera aquiescente.

Merodeaba los mismos lugares con la rutina del dueño eterno de su tiempo, en donde poco a poco se los conocía a todos en ése ir y venir por el valle de la Bella Villa; solo o en la compañía de esos otros que de alguna forma pudimos ser sus insobornables amigos en medio de esa batahola de disquisiciones compadreras, enemistades coloquiales y de las otras, también más o menos retrecheras.

Era el blanco fácil de quienes adjuntaban sus rencores, con adjetivos de poca monta, para denigrar de una altivez de vara de premio inabordable, pues él siempre tuvo para cada uno su merecido hijueputazo de acuerdo al incordio del malhadado del impase, y como los elefantes – segun dicen –, estaba operado de olvidos, retenía rencores en un estado de latencia incontenible, seria y eterna.

Supe por la nota del Jota, que se nos fue el mancito y hoy desde este Nuyork, cerca al edificio que él mismo y sus otros de los otros tiempos llamaban el bizcocho, medro recuerdos; muchos, cuando las diferencias no marcaban rencores y una madrugada etílica hicimos obligatiorio trio cantando en Bellas Artes, a la cañona, y expensas del guardían de turno, junto con el Samuel, desde la puerta cerrada buscabámos el retorno del eco entonando: “En el tronco de un árbol una niña…
Después la Avenida La Playa nos sirvió de despegue obligatorio ante afrentoso machete en manos duchas, de quien a nuestra música no demostró su afecto.

Desde esos recuerdos del olvido me acojo a sus consejos de ex colomborquino, cuando ya al borde de empacar me decía que no me dejara amilanar por los espacios, la gente ni el idioma, que todo lo vería como nuevo, y que la distancia era solo el reto para aquilatar afectos y acendrar los desafectos con la imperiosa gloria de la ausencia. Entre él y La Marciana, escancimos el último Canepazo de la despedida, con un hasta quien sabe cuando… mientras el primogénito dormía.

Los afectos después de un regreso fueron como si el limo del tiempo no barajaran las cosas de siempre; poniéndonos codo a codo ante manteles, entre confidencias y recias medidas, me aconsejaba no pecar contra el once, no era la hora de nuestra hora, en manos de los mismos manes de siempre. Todos los demás pecados eran de opción fácil, pero ése en especial conllevaba al eterno navegar entre remordimientos, y el de Otra Parte hasta podría revolcarse en su tumba, si era que nos bajaban de una, y do estuviera el maestro, no nos recibiría visita.

Ora flaco, tal vez le estés hechando un chiste si fue que fuiste.

Miles de cosas quedarán por rebujar entre tus enguandes, un espacio de vacío a lo largo y menos ancho de lo que eras, nos marcará como una línea la forma de tu remoquete para saberte estilizado en el ausente, largo, fino o flaco, pero inolvidable Jaime Espinel, alias Barquillo.


 
     
 
 
     
     
 
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