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INEXISTENTE CIELO

Por: Renandarío Arango

Nos despertaba la diana de un batallón cercano.


Todas las tardes, en la distancia, a las seis en punto, los irremediables mandobles a las campanas de un convento nos decía, que la cuarta parte del día presagiaba el final, donde la niñez y juventud crecían casi paralelas.


Morábamos en las lomas de un barrio que se distinguía de su homónimo por estar más arriba del otro, como si el cielo hiciera parte de un complejo de casas rodeados de terrenos abiertos, donde vagábamos libres entre las selvas a nuestra medida. Los vecinos llamábamos la casa de los ricos, a la única de dos plantas con garaje, y que dentro, mantenía un viejo automóvil Packard o De Soto, tan ostentosamente voluminoso como un náufrago grano de frijol en un mar de sopa.


El transporte público se hacía saltando desde y hasta unos pintarrajeados y coloridos cajones de madera y metal con altas ruedas de camión. Eran nuestros buses de escalera, donde muchas veces estas lucían por su ausencia. Los riesgos de talones y tobillos eran el apoyo y freno en los ascensos y caídas desde ellos, siempre en casi contínuo movimiento, ya que las frenadas en subida obligaban al hijueputazo del chofer, quien tenía que re enceder el motor cuesta arriba, en lomas de pendientes con tanto o más grados que cualesquier hijo de papi, o estudiante profesional o de los de ahora.


Se llamaba Yolanda; no pertenecíamos al gentilicio del lugar y tal vez eso nos unía en el aupado intento por adaptarnos a un ambiente de míticas xenofobias de luengas tradiciones. Ella tenía el apellido de un dictador que pasó a la memoria con el legado de un pasado que ahora algunos añoran, y otros rebujan sacándole brillo a la historia de un país en franca decadencia. Tenía las mejillas sonrosadas rematadas por dos hoyuelos, un discretísimo lunar se hacía el que se escondía coqueto en cada sonrisa. De sus mejillas, los más avezados las comparaban con la nalguitas del niñodios, que se tornaban de un color rosa encendido con el frío de las mañanas, cuando nos íbamos a buscar las enredaderas de una planta de flores moradas para alimentar su mascota: un conejo blanco de orejas como de burro y ojos acuosos, que a ella le inspiraban una inmensa ternura, y, a mí… unos irremediables celos.


Ella entornaba sus ojos oscuros de pepas grandes, acompañados de una sonrisa maternal y condescendiente al alimentarlo, entremostrando dos incisivos pequeños y blancos pulidos por los sus labios suaves y carnosos, entreverados en un paisaje de rostro juvenil muy fresco, mismo que atosigaba toda la reciedumbre visceral de cada uno de los muchachos del barrio.


Sin importarnos lo que dijeran los curas o sugirieran las chismosas, con sus dejos de embozadas y resentidas, cuando en un sotto vocce de envidias contratadas en sus dominicales misas se decían… “Mujer lunareja…puta hasta vieja”.


Para todos nosotros, ella seguía siendo todo un pecado mortal mimetizado en su dulce y angelical pureza, inspiradora y digna de más de un bolero triste, una milonga retadora o un imortal tango del abasto; fue siempre la eterna dueña de los sueños húmedos de los que ya podíamos ir más allá del sofoco del infierno, atizados por la reprimida lujuria de alguna caricia imaginada, o el paradigmático logro de un inconquistable beso, que bien pudo compararse con la afelpada silla en primera fila, en el sempiterno soborno de un inexistente cielo.

 
     
 
 
     
 
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