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Avatar, de James Cameron
Es cierto que las innovaciones tecnológicas pueden hacer avanzar al cine como lenguaje y también es cierto que el entretenimiento hace parte de la industria del cine, pero tampoco son aspectos suficientes, por sí solos, para hacer una definición completa del séptimo arte. El hecho de haber esperado más de una década para hacer esta película -porque, según Cameron, antes no existía la tecnología adecuada- evidencia la forma en que este director privilegió el aspecto formal y de efectos especiales a la hora de concebir el proyecto. Esto salta a la vista (literalmente, pero siempre y cuando se vea en el sistema de tercera dimensión) y realmente resulta una exuberante experiencia para los sentidos. Sin embargo, cabe preguntarse por lo que hay detrás de imágenes tan magnificas y, verdaderamente, nunca antes vistas en el cine, así como preguntarse si el complejo y minucioso universo fantástico que se inventa Cameron nos habla de algo nuevo o, al menos, lo que dice lo hace con elocuencia. Las respuestas a estas dos preguntas en realidad no son satisfactorias. Empezando porque el mismo director reconoce que “quería crear un tipo de aventura corriente en un ambiente poco corriente”. Es decir, más de lo mismo pero con diferente empaque. Y es que sin mucho esfuerzo el conocido esquema de su historia queda evidenciado. Se ha visto en innumerables cintas que lo desarrollan sin demasiadas variaciones: La misión (Joffe), Danza con lobos (Costner), El último samurai (Zwick), etc. El esquema es el del colonizador que quiere someter a una cultura más atrasada tecnológicamente, pero el encargado de hacerlo es seducido por la pureza de dicha cultura y no sólo se pasa de bando sino que, sorprendentemente, se hace líder de la resistencia contra su propio pueblo. Y por supuesto, toda la aventura aderezada con una fácil historia de amor entre el líder traidor de su pueblo y una mujer de la otra cultura, generalmente la hija del rey, quedando en el camino un pretendiente que, indefectiblemente, es el guerrero más valiente y el probable sucesor del trono. Sólo repetir la fórmula hace bostezar, como efectivamente ocurrió en muchos pasajes del relato. Por eso no deja de ser frustrante que la película más costosa de la historia del cine, planeada por más de una década y realizada por un director que ha sabido equilibrar el arte con la industria del cine (El secreto del abismo, Alien: el regreso, Terminator I y II), sea una cinta tan poco significativa en la historia que cuenta, en la construcción de sus personajes y en las ideas de peso que le pueda transmitir al público. Es cierto que se podría hacer una lectura acerca de temas como la ecología y la arbitrariedad de las potencias colonizadoras, pero se trata de ideas demasiado obvias y básicas, que sólo merecen un comentario de un par de líneas que ya se está haciendo largo. James Cameron estuvo más interesado en buscar la perfección de las imágenes generadas por computador, sobre todo las humanoides, que hasta ahora habían sido inacabadas, también más empeñado en la pulcritud del acople entre imágenes digitales y personajes reales, en concebir acciones e imágenes que permitieran explorar el nuevo sistema de tercera dimensión (Real D), e incluso en buscar con ciertos acabados, dinámicas de las acciones y puntos de vista un acercamiento al lenguaje de los videojuegos, con lo cual seguramente conectaría mucho más fácil con el grueso del público ( 14 a 25 años). Es por eso que, ante tal despliegue y preeminencia de recursos técnicos y financieros en este filme hecho de superlativos, es inevitable mirar al lado opuesto y recordar aquella frase de Glauber Rocha en la que decía que lo único que necesitaba para hacer una película era una cámara en la mano y una idea en la cabeza. FICHA
TÉCNICA |
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