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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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ANTOLOGÍA
CONTRA EL OLVIDO Toda antología supone una revisión del estado del arte en algún punto de la historia. Pero es también un arrinconamiento, jugarse una posibilidad hasta el extremo y, además, esperar las sorpresas de quien cree tener todos los materiales en la mano y descubrir luego que había muchas más cosas de las que pensaba. Lo único cierto es que cuando inicia su aventura, el antólogo debe al menos tener claro el rumbo de sus brújulas. La historia que abarca esta antología tiene la edad de los indígenas que poblaron América en tiempos anteriores al trueno, la edad de los primeros conquistadores en tierras de América, de los africanos y sus descendientes que llenaron a América de tambores, de nuevas vitalidades y de nuevos dioses; edades computables en cifras desiguales, en conflictos, en despojos, en muertes, en creaciones y resurrecciones, en lenguajes orales y finalmente en escrituras, para luego reiniciar el ciclo sin reposo. Es una historia que nunca ha empezado a escribirse a tiempo y ahora es necesario rastreada en los espacios balbuceantes de los corredores selváticos, en esteros de los que huyeron las garzas hace tiempo, en aldeas de casas plantadas sobre el barro o la arena, y en la voz de hombres y mujeres que llegaron de más allá o de más acá, fugitivos o libertas, y emparentaron los restos de sus dioses africanos e indígenas con un dios que no tenía clemencia con los derrotados y era incapaz de entender el lenguaje del tigre, de las serpientes y las nutrias. Este libro -y los precedentes y los que vendrán luego- se volvió necesario porque la historia es sólo entendible por el lenguaje que la habita y la desborda, porque la vida siempre está ávida de palabras, para renovarse, para no extraviarse en el laberinto de sus ciclos poderosos. Los pueblos que habitan este libro fueron creados y habitados con la solidaridad, el extrañamiento y bajo secreto. Solidaridad contra la vida adversa y la opresión, extrañamiento de la tierra dejada atrás, y bajo el secreto de un lenguaje que le tiende la mano al primer rayo de luz de la vida libre. Por aquí desfilarán palabras de escritores nativos y no nativos, unos nacidos en las orillas fangosas y otros que aunque nacieron lejos llegaron acá a nacer de nuevo y asumieron por completo la piel húmeda de los esteros y las voces de sus hombres y mujeres. Escritores remotos o contemporáneos, muertos o vivos (algunos consagrados, otros no muy conocidos fuera de la región) que prestaron sus palabras para narrar o cantar una región llena de pálpitos. Un mito embera catío cobra enorme vigencia porque narra de manera hermosa el origen de los mares y los ríos, ahora cuando el agua amenaza convertirse en oro. Un texto de uno de los mayores cronistas de Indias parece surgir fresco de las montañas y las selvas antiguas; el pensamiento racista del sabio Caldas se ilumina de pronto ante un paisaje que lo conmociona con sus lluvias y fuegos tropicales; un jurista, autor del emblemático Litoral recóndito, aparece aquí porque leyendas recogidas lo emparientan con la literatura; un antropólogo nativo revive en su refinado lenguaje la historia de la Conquista y la formación de nuestros pueblos; poetas y narradores modernos, nacidos en otras tierras de Colombia, como Tomás González y José Zuleta, captan de manera extraordinaria el maravilloso y desgarrador exotismo que invade la vida de negros, blancos, indígenas y mestizos en pleno desborde de vida y de apariencias trocadas. González, un escritor paisa que se abismó en los signos trazados por cangrejos, manglares y mareas, nos honra con su presencia en estas páginas. Zuleta (compañero de este ejercicio antológico) no es un mero testigo; es alguien que se metió en las playas de Mulatos -en el fervor de su adolescencia, desligado del manto tutelar de su padre- y no sólo logró compenetrarse con la gente nativa sino además convertirse en pescador, hombro a hombro con hombres curtidos de la mar, hasta convertirse en hijo adoptivo de una matrona del caserío a quien le dedicaría poemas y relatos. Caso aparte es el de Guillermo Edmundo Chaves, de quien transcribimos un capítulo de Chambú, una mirada desde la sierra hacia el mundo incomprensible del Pacífico y su gente, en el que sobresale el etnocentrismo del personaje principal. Los nativos Helcías Martán, Guillermo Payán Archer, Carlos Arturo Truque, Arnoldo Palacios, Óscar Collazos, Medardo Arias, Sonia Truque, Hernando Revelo, Mary Grueso y quien escribe esta nota, trazan en estas páginas, con sus relatos y poemas, un mapa en el tiempo y definen los contornos de una región que ha franqueado ya sus propias fronteras y ha exportado escritores a lejanas tierras. Una de esas exportaciones recae en el periplo de un escritor nacido en Tumaco y adoptado por una pareja de académicos suecos, siendo apenas un bebé. Se trata de Bonifacio Bergner, considerado por García Márquez como su sucesor natural. A los catorce años fue ganador del premio de relatos Cortázar de cuentos en español, por su relato Qué comimos al almuerzo; fue autor de una novela (A comprehensive study of pure evil) de lectura obligatoria en estudios de literatura en Europa. Siguiendo la línea de la nota publicada en la Internet, los padres de Bonifacio murieron en un accidente automovilístico. Los tres fueron viajeros incansables. Bonifacio dominaba varios idiomas. Al morir sus padres, perdió el rumbo. Se suicidó en marzo de 2003. Había viajado antes a conocer su pueblo natal, y en su diario se halló la siguiente nota, que prefigura el drama actual de este pueblo y de casi todos los pueblos del Pacífico, nota que adjuntamos como un avance, un reconocimiento y un homenaje póstumo con esta antología: 12 de marzo de 1991 Tumaco es una ciudad sumergida. Por eso hay barro en todas las calles, por eso cuando los niños corren por la playa sus saltos se prolongan y a veces nos parece verlos volar sobre las olas agitando sus brazos, realmente nadan. Tumaco es una ciudad de ahogados felices que viven vidas maravillosamente falsas protegidos por la falacia de su no existencia. Volver a Tumaco me hace dudar seriamente que todo lo demás exista, el mundo pierde peso sentado en la arena viendo pasar copias idénticas de esa imagen extraña que todos los días veía en el espejo y jamás reconocí como mí mismo. Tumaco me reconoce y abraza con su halo denso y mojado, me dice hijo con cada rugido de su mar. Hoy fui a una tienda, pedí una coca-cola y me senté afuera en la terraza a tomármela. Pasaron varias mujeres que podrían ser mi madre. Una se quedó mirándome un rato y yo le devolví la mirada. Tenía los ojos oscuros y grandes, me miraba con nostalgia y extrañeza, levanté mi mano para saludarla, le dije Buenas tardes, como había escuchado decir al tendero hacía algún rato, y ella me respondió bajando la cabeza, sonriendo y agitando un poco la mano. Tenía un vestido rojo ceñido al cuerpo y cargaba una bolsa con tomates y maíz en su mano, no recuerdo cuál. Luego caminé hasta llegar a la playa, seguí el malecón hasta el puerto y vi por primera vez los barcos en los que mi amigo Jeremías partió algún día hacia Europa para nunca más volver. No
traje muchas cosas para leer, apenas un par de libros. Leí unas
páginas ayer y las hojas se deshacían al contacto con la
piel, se volvían una crema grisácea, suciedad pura. Terminé
botando el libro a la basura. No hay librerías en Tumaco, es imposible
leer debajo del agua, ahora lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué
escapó Jeremías. De poder hacerlo, me quedaría a
vivir en este lugar por siempre, vivir en pos de las corrientes y no de
mí mismo. Éste es uno de los días más felices
de mi vida, me quedan siete. Los textos de esta antología fueron recogidos -obviamente- de obras ya editadas, algunos enviados por los propios autores. Nuestro agradecimiento a todos los que nos enviaron o permitieron usar sus textos. Quisimos que el hilo conductor fuera el Pacífico. Y aunque algunos nacidos en la región no están incluidos, por razones temáticas o logísticas, nada raro en una antología, creemos haber reunido un número suficiente que posibilite una lectura del Pacífico sin dejar vacíos insuperables. Desde todas las latitudes del Pacífico, aquí está la visión de un Pacífico en sus alegorías migratorias, en sus retratos móviles, en sus pinceladas exóticas u oníricas, en crudo realismo o en abismos surrealistas. Un Pacífico que asume sus conflictos y sobrevive en medio de las carencias y la alegría callejera. Un Pacífico capaz de nombrarse a sí mismo. |
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