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Dirigida
por: Ricardo León Peña Villa y Manuel Tiberio Bermúdez |
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textos que se leen en este sitio web, son responsabilidad de cada autor.
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Los
Aliados de Washington
El gobierno de Alan García en Perú se ufana por sus éxitos económicos, pero como consecuencia natural de la estrategia neoliberal, el crecimiento solo favorece a las minorías que conforman la base social de su gobierno y sobre todo a las grandes empresas multinacionales que se lucran con el expolio incontrolado de la riqueza minera del país. La pobreza aumenta y la protesta popular se intenta apagar con una represión sangrienta. No faltan la corrupción ni los escándalos así como una política hostil hacia Bolivia en armonía con las directrices del Departamento de Estado.
El nuevo gobierno de Panamá en un arranque de “patriotismo y soberanía” (similar a los alegados por Uribe Vélez) cede a los Estados Unidos un número considerable de bases militares en su territorio y reconoce al gobierno de Lobo contradiciendo su posición inicial, igual que el señor Arias de Costa Rica, otro fiel aliado de USA. México es de particular relevancia por las dimensiones e importancia del país. Con un gobierno espurio, fruto de unas elecciones robadas al PRD en la mejor tradición del PRI (“el pueblo vota de día y el gobierno corrige de noche”) el país azteca es seguramente el mejor ejemplo de los desastrosos resultados de la estrategia económica neoliberal y sobre todo de los riesgos inmensos que supone un tratado de libre comercio (popularmente conocido como TLC...“Todo Lo Cedemos”). Para acabar de agravar las cosas, el gobierno de Felipe Calderón, seguramente consciente de la orfandad política que arrastra, intenta mejorar su imagen con una “guerra a las drogas” mediante estrategias diseñadas por Washington y que han mostrado su ineficacia en Colombia. Ineficaces al menos para acabar con el narcotráfico pero no para profundizar la dependencia del país en relación a los Estados Unidos ni para poner de manifiesto la profunda descomposición social y política de México. No son mejores las credenciales del mejor amigo de Washington en el continente. El belicoso mandatario colombiano, Álvaro Uribe Vélez. Empeñado en un tercer mandado no consigue sin embargo ocultar que sus dos primeras victorias electorales han estado viciadas por la acción en su favor de los grupos paramilitares que mediante una violencia indescriptible han conseguido controlar amplias zonas del país. Tampoco resulta transparente el actual proceso mediante el cual se desea de nuevo introducir cambios en la constitución para posibilitarle un tercer mandato, al punto que desde sus propias filas le sugieren lo inconveniente de su empecinamiento y le recuerdan que el propio Obama ya le dijo en persona que era hora de retirarse. Uribe es hoy por hoy un aliado muy incómodo y seguramente Washington vería con alivio su retiro dejando el lugar a quien asegure la continuidad de la actual estrategia económica y militar y la cesión de siete bases militares. El de Uribe es un gobierno de dudosa legalidad que debe sus triunfos a una violencia paramilitar que lejos de desaparecer como afirman las autoridades (gracias a la ley de “Justicia y Paz”) continúa con la misma o mayor incidencia en la vida diaria del país. Los “paras” mantienen su presencia en las listas electorales para las próximas elecciones, están incrustados en la administración pública, continúan recibiendo el apoyo efectivo de las fuerzas armadas, no han visto disminuir su poder en el congreso y el senado a pesar del encarcelamiento de los llamados “parapolíticos” (más del 90% de ellos, miembros de la bancada oficial) y cuentan con el respaldo de sectores sociales afines a Uribe. El descubrimiento diario de fosas comunes y la reiteración de los “falsos positivos” no hacen más que confirmar que la violación de los derechos humanos no es un mal menor fruto de “manzanas podridas” a las cuales se combate con firmeza sino parte constitutiva de una estrategia militar diseñada por el Pentágono, con la directa asesoría de cientos o miles de oficiales estadounidenses e innumerables mercenarios de varios países (en especial de Israel). Continúan funcionando plenamente la impunidad, los juicios amañados y la amenaza a quienes exigen justicia. La conversión de toda protesta en crimen, de toda oposición en complicidad con el terrorismo, la violencia cruda que se generaliza en el país, la persistencia del narcotráfico, el agudo incremento de la delincuencia común, la generalización de la corrupción y ahora una economía gravemente afectada por la crisis arrojan muchas dudas acerca del éxito de la política de “seguridad democrática” de Uribe, no menos que sobre la naturaleza democrática del régimen colombiano.
Estos
son los amigos predilectos de la administración estadounidense
en la región, sin olvidar a las actuales autoridades de Haití
que han abierto de par en par las puertas de su país a los marines
yankees. Ahora se denuncia que el objetivo central de la invasión
(además de las obvias ventajas militares) es conservar el control
de la isla para asegurarse las existencias de petróleo y sobre
todo de uranio. Estos
son los amigos de Obama en el continente; estos son sus aliados, para
desconsuelo de aquellos ingenuos que se hicieron ilusiones con la nueva
administración en la Casa Blanca. Por contraste, los gobiernos
que cuentan con una enorme legitimidad como resultado de elecciones limpias
y adelantan reformas sociales en beneficio de las mayorías, se
convierten automáticamente en peligrosos populistas, factores de
inestabilidad regional, nido de terroristas y narcotraficantes y un peligro
inminente para la civilización cristiana y occidental. |
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