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Carlos
Fuentes en el umbral de las certezas: Alejandro José López Cáceres 1 ¿Y qué hacer con lo fantástico? Por lo pronto, prolongarlo; o sea, diluir las certezas todo el tiempo que sea posible. Porque, conviene decirlo explícitamente, tanto las seguridades, como las convicciones, lo anulan. En las artes narrativas, el sentido de lo fantástico está ligado a la necesidad de tomar distancia frente a las certidumbres. Pero, ¿respecto de qué? De los acontecimientos, de lo ocurrido; es decir, de lo constitutivo del relato. Sin embargo, antes ha de pasar algo que ponga todo en entredicho: un evento sobrenatural, un hecho que desafíe las lógicas que rigen la verosimilitud realista. Frente a un suceso de esta suerte, los personajes -y con éstos, el lector- incursionarán en la perplejidad: ¿cómo asimilar aquello que escapa al funcionamiento natural del mundo? Esta duda, justamente, es lo fantástico. De allí que cualquier tentativa por salir de ella tienda a suprimirlo. Y son dos las opciones. Si se acepta que el universo narrado está regido por lógicas alternas, por leyes que distan del modo en que funciona la realidad que conocemos, ingresamos al mundo de lo maravilloso, al mejor estilo de los cuentos de hadas, por ejemplo, donde los ratones se vuelven corceles y la calabaza, carroza. El otro camino para derogar lo fantástico es explicar el evento en cuestión. Resulta que no era tan insólito como parecía, sino que obedecía a ciertos procedimientos que no tuvimos en cuenta: la imagen en la pared estaba siendo proyectada por un rayo de sol reflejado en un cuarzo que no habíamos echado de ver; entonces, lo que conjeturamos sobrenatural no es más que un caso extraño. Tales son las orillas congnitivas que circunscriben lo fantástico. En su excelente estudio sobre el tema, Tzvetan Todorov nos dice: (...) lo fantástico ocupa el tiempo de esta incertidumbre. En cuanto se elige una de las dos respuestas, se deja el terreno de lo fantástico para entrar en un género vecino: lo extraño o lo maravilloso (...) lo fantástico no dura más que el tiempo de una vacilación: vacilación común al lector y al personaje, que deben decidir si lo que perciben proviene o no de la ‘realidad’ tal como existe para la opinión corriente. Esta caracterización de un género literario está inserta, por supuesto, en un momento histórico; y obedece a dinámicas culturales complejas. Inevitablemente, la literatura dialoga -debate- con la sociedad y el tiempo en que se produce. En este caso, lo fantástico es fruto del siglo XIX, una época fascinada con la idea del progreso, obnubilada por los desarrollos industriales a que fue llevando el proyecto racionalista. Así como la expresión más característica de esta actitud podemos hallarla en el positivismo de Comte -a través de su manifiesta fe en la ciencia como único medio válido para alcanzar el conocimiento-, también desde el ámbito de la literatura hubo una respuesta en sentido contrario: hay fenómenos que no se dejan captar de este modo, eventualidades de difícil definición que obligarían a reconsiderar los alcances absolutos del método científico. El género fantástico corresponde, precisamente, a este tipo de reacción. Un ejemplo narrativo muy preciso de esto podemos hallarlo en “El horla” (1883), de Maupassant. En este relato, tanto la peripecia de su protagonista, como el desenlace, están ligados a la incomprensión surgida de un fenómeno que reclama explicaciones: el vaso de agua que el personaje deja en su nochero amanece cada vez vacío; pero él no tiene consciencia de habérselo bebido. ¿Qué ocurre entonces? Mediante sucesivos experimentos, este hombre procurará esclarecer los hechos. La incertidumbre que proviene del desconcierto constituye la esencia de lo fantástico, del modo como nos ha sido explicado por Todorov. 2 Los
alcances de la literatura fantástica se han prolongado también
a los siglos posteriores, incorporando las inquietudes de nuevos tiempos
y autores. Detengámonos a comentar un libro de aparición
más bien reciente, del escritor Carlos Fuentes (1928), muy apropiadamente
titulado “Cuentos sobrenaturales”. En este volumen se presenta
un buen muestrario de las narraciones fantásticas escritas por
el mexicano a lo largo de su vida. Los nueve relatos que lo integran tienen
procedencias diferentes, que podríamos señalar en cuatro
grupos. El primero de ellos lo conformarían los cuentos que fueron
publicados en el libro inicial de Fuentes: “Los días enmascarados”
(1954). Corresponden a dicho origen cuatro cuentos: “Chac Mool”
-sin duda, el mejor logrado de aquella colección-, “Tlactocatzine,
del jardín de Flandes”, “Por boca de los dioses”
y “Letanía de la orquídea”. La segunda raíz
la constituye el libro “Cantar de ciegos” (1964), del cual
proviene “La muñeca reina”. El tercer orden corresponde
a las historias que habían permanecido inéditas hasta ahora:
“Pantera de jazz”, “El robot sacramentado” y “Un
fantasma tropical”. Finalmente, cierra el tomo una novela corta
o nouvelle, considerada ya un clásico de la literatura latinoamericana:
“Aura” (1962). La “literatura fantástica” artepurista de que venimos hablando ha surgido en los momentos en que la intelligentzia burguesa ya no puede darse el lujo de mirar de frente a la realidad, porque la realidad sólo puede revelarle que sus días están contados. No se trata, pues, de una manera “distinta” y “superior” de expresar la realidad; se trata lisa y llanamente de no expresar la realidad. La “literatura fantástica” de nuestros días es la literatura del avestruz. Estas diatribas simplistas muestran una extraña tergiversación respecto del género, aun en caso de que alguien aceptara hoy el requerimiento aquel que formulan a la literatura. Porque lo fantástico puede proveer un efecto demoledor sobre realidades sociales injustas o anómalas, y esto sí que podía verificarse en el México de la época. Recordemos que la primera edición del “Confabulario” de Juan José Arreola se publicó en 1952 -en ella se incorporaba ya, por ejemplo, esa obra maestra de la ironía y la parodia titulada “El guardagujas”-. Pero incluso referidas al libro de Fuentes, dichas invectivas evidencian, como mínimo, incomprensión. Difícilmente habría podido él sustraerse a las grandes preocupaciones que regían a los escritores de su país en aquel entonces, cuya principal obsesión estaba referida al tema de la identidad mexicana. De hecho, éste es el asunto que se halla en el fondo de los seis relatos que integran “Los días enmascarados”. Podríamos decir, sí, que la factura de estos cuentos es desigual; sin embargo, acusarlos de evasivos constituye una calumnia, pues, como anotaba Luís Harss, en ellos hay “una primera reverencia a los mitos perdurables del pasado mexicano que siguen vigentes en la vida moderna”. Hechas estas claridades, procedamos a ocuparnos de los cuatro relatos que dicho libro le aporta a la colección “Cuentos sobrenaturales”. 3 Habíamos destacado ya la calidad literaria de “Chac Mool”. Esta narración debe su título a aquella figura mítica que aparece en las culturas precolombinas mesoamericanas asociada a
Tláloc, dios de la lluvia. Se han hallado muchas de estas esculturas con forma de hombre. Su disposición -se le ve acostado, apoyado en los codos y, con las manos, sosteniendo sobre su vientre una especie de plato- ha dado lugar a que se le tome por piedra de sacrificio o por recipiente para los corazones de las víctimas rituales. El cuento de Fuentes nos trae la historia de Filiberto, un burócrata que aparece ahogado en Acapulco, cerca de la pensión alemana donde acostumbraba alojarse en las vacaciones de Semana Santa. El narrador, un compañero de oficina, se dispone a llevar el cadáver de regreso a la ciudad de México. Al recoger sus pertenencias da con un cuaderno en que el difunto llevaba una especie de diario, de modo que durante el viaje acomete la lectura -intenta averiguar, dice, por qué había cambiado Filiberto su conducta y las razones para que fuera despedido recientemente de su trabajo-. Así, mediante citas directas del manuscrito, nos damos cuenta de lo ocurrido durante los días anteriores al deceso. Nos enteramos de que, siendo aficionado a coleccionar arte indígena mexicano, este personaje había conseguido un Chac Mool de piedra, en tamaño natural. Una serie de eventos insólitos empiezan a sucederle tras llevar la escultura al sótano de su casa: la tubería se descompone varias veces, con lo cual se inunda el depósito; las aguas lluvias cambian su rumbo habitual y se desvían hacia el subterráneo; se escuchan quejidos en la vivienda; en fin, la paz cotidiana de Filiberto se ha esfumado y su desempeño laboral, desmejorado. Entonces descubre que, al contacto con el agua, la textura del ídolo se ha transformado hasta personificarse: “Tendré que ver a un médico, saber si es imaginación, o delirio, o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool”. Hasta que, poco después, tenemos a la deidad integrada por completo a la vida del protagonista, aunque no armónicamente. Apoderado ahora de la residencia, ejerce una tiranía implacable sobre el anfitrión, quien escribe: “Debo reconocerlo: soy su prisionero”. Filiberto es obligado a acarrear agua permanentemente -al quedarse sin trabajo, no pudo pagar más los servicios; así que le fueron cortados-. Cansado de atender las demandas inagotables del intruso, consigue huir a su acostumbrada estancia vacacional. Finalmente, cuando el narrador llega a la casa con el cadáver, alguien abre la puerta: “Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo (…)” La criatura lo exime de cualquier explicación y le indica dejar el féretro en el sótano.
(…) el pasado pesa terriblemente, porque aunque triunfaron los conquistadores, los españoles, México es el único país que por su secuela política e histórica ha dado el triunfo a los vencidos (…) En México un héroe sólo es héroe si está muerto. Si el señor Francisco Madero, el señor Emiliano Zapata o el señor Pancho Villa viviera hoy y estuviera metido en la mordida haciendo negocios, ya no sería héroe, ¿verdad? Son héroes porque fueron sacrificados. En México el único destino que salva es el destino del sacrificio… Hacia el comienzo del diario que lleva el protagonista se lee el resumen de una conversación que éste sostuvo con un amigo suyo, el “teórico” Pepe, la cual concluye precisamente así: “Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos”. Esta afirmación calamitosa prefiguraba ya el destino literario del pobre Filiberto. En lo que toca al tema de la incertidumbre en tanto elemento constitutivo de lo fantástico -como estilaban los escritores decimonónicos-, el relato de Carlos Fuentes toma sus previsiones. Como hemos indicado atrás, el coleccionista no da crédito inicialmente a la personificación paulatina de su Chac Mool. Pero incluso cuando ésta ya es un hecho dado en la historia, estamos insertos todavía en una estrategia que relativiza cualquier certeza: dicho fenómeno está siendo contado en un diario; es decir, aún se puede atribuir tal despropósito a un desvarío del personaje. En efecto, así lo hace el narrador hasta último momento: “De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo psicológico. Cuando a las nueve de la noche llegamos a la Terminal, aún no podía concebir la locura de mi amigo”. Con todo, hay que anotar que la indagación de lo fantástico llevada a cabo por Fuentes a lo largo de sus obras dialoga con diferentes paradigmas y modalidades -tanto de la antigüedad como de los siglos XIX y XX-, lo cual puede advertirse en los otros cuentos de este volumen. Por lo pronto, permitámonos destacar dos características de esta ficción que son, al mismo tiempo, constantes en la escritura de su autor. De una parte, el recurso al mito; de otra, la asunción plena de esa doble matriz que constituye la identidad cultural mexicana: la tradición indígena y la europea. 4 Reseñemos
lo que sucede con las demás historias procedentes de “Los
días enmascarados”. La narración que se titula “Tlactocatzine,
del jardín de Flandes” posee muchos elementos del relato
gótico, a la manera como fue adoptado durante el Romanticismo;
de hecho, transcurre en una “vieja mansión del Puente de
Alvarado, suntuosa pero inservible, construida en tiempos de la Intervención
Francesa”. En esta ficción, también escrita en forma
de diario, se presentan otros rasgos de dicho modelo: la aparición
de una figura de naturaleza incierta, una anciana espectral; o la fábula
de un amor enfermizo, ruinoso, entre la misteriosa mujer y el joven protagonista,
quien ha quedado prisionero en aquel caserón. Vale la pena apuntar
que el argumento aquí contado prefigura claramente el que se desarrollará
de modo más profuso y excepcional en “Aura”, que es
la obra maestra de Carlos Fuentes en el género fantástico.
Y no es ésta una simple coincidencia. Ambas historias están
inspiradas en la trágica figura de Carlota, la esposa de Maximiliano
de Habsburgo, cabeza del Segundo Imperio Mexicano (1863-1867), quien fuera
fusilado tras el triunfo de Benito Juárez. En este relato, como
indicara José Emilio Pacheco, “comienza la fascinación
de Fuentes con Carlota de Bélgica, que ya ha durado cerca de medio
siglo y todavía está lejos de agotarse. El problema más
serio a que se enfrenta el novelista mexicano es tener una historia que
la realidad ha dispuesto de la manera más literaria y con una construcción
dramática digna de Sófocles”. 5 Y ahora, casi rechazando la imagen que es desacostumbrada sin ser fantástica y por ser real es más dolorosa, regreso a ese parque olvidado y, detenido ante la alameda de pinos y eucaliptos, me doy cuenta de la pequeñez del recinto boscoso, que mi recuerdo se ha empeñado en dibujar con una amplitud que pudiera dar cabida al oleaje de la imaginación. El protagonista decide acatar las instrucciones del papel y, pasados tantos años, buscar a Amilamia. A partir de ese momento, la anécdota adoptará los ingenios de una ficción policial, pues los dos ancianos que custodian la casa que corresponde a las indicaciones se comportan de modo hostil con Carlos. Resulta tan amena como notoria la pericia narrativa que despliega el autor en este relato. Con razón Luís Harss, al comentar “Cantar de ciegos”, dijo que “contiene algunas de las mejores páginas de Fuentes”; y agregó: “El cuento además se presta idealmente a la pirueta brillante que siempre tienta a Fuentes. Es el arte de la baraja y del torniquete, y nadie lo sabe mejor que él, que maneja la forma como si la hubiera inventado”. Este es un aserto que aplica muy especialmente para “La muñeca reina”, donde el lector se verá gratificado por la fusión plena del ingenio y la imaginación, donde podrá seguir las pesquisas y fingimientos de Carlos para dar con Amilamia, donde incluso el final -doble- lo sorprenderá una vez y otra. Como si dijéramos: sin renunciar a sus búsquedas más entrañables -el tema de la identidad mexicana, los avatares del tiempo y la aventura formal del lenguaje-, Fuentes opta aquí por divertir, por entretener al lector. Seguramente fue por esto que, en su momento, el novelista chileno José Donoso -a quien le fuera dedicado, junto con su esposa María Pilar, este relato- se refirió a la aparición de aquel volumen en estos términos: Hasta ahora, Carlos Fuentes había trabajado dentro de las más puras tradiciones novelísticas latinoamericanas: barroquismo de estilo y de estructura, ambiciones de definición y de generalización, movimientos épicos y cierta encubierta pedagogía, todo esto en una versión nueva y brillantísima de lo tradicional expresado a través de una interpretación de las enseñanzas formales de los grandes novelistas experimentales contemporáneos. Pero en “Cantar de ciegos”, su nuevo libro de relatos, Fuentes corta amarras con la tradición en que se injertaba y se revela contra su prisión en lo histórico y en lo “serio”. Nos quedaría aún por resolver el interrogante sobre la inclusión de esta narración en una antología de cuentos fantásticos. La verdad es que, aun cuando todas las acciones contadas corresponden a situaciones perfectamente probables en la realidad, “La muñeca reina” nos introduce en un mundo oscuro y decadente, en un domicilio enfermizo, poblado de personajes más bien repulsivos; es decir, la atmósfera asfixiante nos vincula con los decimonónicos relatos de misterio. También es cierto que la historia está configurada con giros inesperados y hechos extravagantes. En otras palabras, si bien no se dispone aquí de lo sobrenatural, el entorno propicia la sensación de lo tenebroso, al mejor estilo del relato gótico. 6 Hay
motivos universales -de carácter mítico- que se reiteran
en las diversas tradiciones de lo fantástico, como la metamorfosis.
En él se sintetizan las contradicciones de la identidad, ese conflicto
que se cifra entre el cambio y la permanencia. Pero entre las muchas direcciones
posibles de este tránsito, de esta mudanza, quedémonos por
lo pronto con aquella que implica degeneración, perversión.
En su fascinante estudio sobre el tema, José Jiménez comenta
los planteamientos de Hegel en sus “Lecciones sobre estética”
y nos recuerda que, para el filósofo alemán, el modo como
los modernos conciben la metamorfosis está ligado a una degradación.
Y ésta procede, justamente, de la culpa, de la imposibilidad de
evitar la culpa; es decir, de la caída, en el sentido cristiano.
Nos dice Jiménez que se trata de una “degradación
que lleva a perder ‘la libertad de la vida espiritual’ y a
la transformación en el ser ‘sólo natural’:
animal, roca, flor, fuente…, pero no sin motivo: ‘por una
falta, una pasión, un crimen han incurrido en culpa infinita o
en dolor infinito’”. Entonces, sobreviene la metamorfosis.
Exactamente esto es lo que le sucede al protagonista de “Pantera
en jazz”, el primero de los tres inéditos que aparecen en
el libro “Cuentos sobrenaturales”. Se trata de un hombre que
vive solo en un pequeño apartamento, quien “lee el diario
al mismo tiempo que escucha un gruñido tras la puerta del baño.
Los encabezados anuncian atrevidamente, con tintas oscuras: una pantera
negra se ha escapado del zoológico”. Los ruidos del animal
acompañarán el periplo del personaje, pero él ni
se asomará a esa puerta ni le comunicará a nadie aquella
insólita presencia que se hará cada vez más fuerte
en su vida. Simultáneamente, el protagonista saltará de
una trasgresión a otra; o sea, se irá degradando en sus
acciones hasta llegar a la comisión de un crimen atroz: “Nada
podía ocurrir, sólo que él, el hombre, se tornara
en bestia también, bestia capaz de cohabitar con la otra, siempre
invisible, bestia en el baño”. Ahora bien, aunque en ningún
momento esto se diga de manera explícita en el relato de Fuentes,
el delito final tiene indudables alusiones simbólicas de carácter
sexual. A los japoneses les interesó sobremanera que esta asimilación del robot a las funciones cerebrales humanas no significase una pérdida de las virtudes propias de las anteriores generaciones de robots; a saber: la exactitud y la velocidad, la repetibilidad y, sobre todo, la resistencia a la fatiga. A los franceses, en cambio, les bastó con asegurar que los nuevos robots cerebrales tuviesen coherencia lógica en el acto racional de reconocer, manipular y clasificar objetos. Fueron los alemanes quienes, al cabo, exigieron y obtuvieron que, además de estas funciones tradicionales, la generación de robots, para serlo, obedeciese a impulsos metafísicos. Y
como suele suceder en la narrativa de Carlos Fuentes, los distintos elementos
del relato contienen referencias, más o menos evidentes, orientadas
a ensanchar la significación de lo que se cuenta. Ilustrémoslo:
los números de serie no sólo sirven para diferenciar a los
robots sino que, además, destacan fechas cruciales en la historia
de la nación con la cual se identifican. Así, el francés
corresponde a la cifra 04961789 -si la descomponemos, tendremos 0496:
año en que el rey Clodoveo se convirtió al catolicismo,
con lo cual se transformó el devenir de Francia; y 1789: año
de la Revolución Francesa-. El alemán tiene el número15171871
-de una parte, 1517: año en que Martín Lutero clavó
en el Castillo de Wittenberg el pergamino con sus 95 declaraciones contra
las indulgencias y los gobernantes de la Iglesia Católica Romana,
lo que dio lugar a la Reforma Protestante; de otra, 1871: año de
la unificación de Alemania como un moderno estado-nación,
con Prusia en calidad de constituyente principal-. El inglés posee
la cifra 10661215 -1066: año en que Guillermo I, normando, conquista
Inglaterra; 1215: año en que el rey Juan sin Tierra firma la Carta
Magna, con lo cual se establece el principio de legalidad que limita el
poder absoluto del gobernante-. Finalmente, el robot que hace las veces
de líder natural está marcado con el número 14921992
-tenemos, entonces, 1492: Descubrimiento de América; y 1992: quinto
centenario del Descubrimiento-. Resulta emblemática la función
de este personaje, lo que subrayaría la preponderancia histórica
de los hechos a que remite. 7 Al igual que ocurrió con el libro inicial de Fuentes, la aparición de la nouvelle “Aura” estuvo signada, en un principio, por reparos e incomprensiones. Ya hemos señalado atrás una de las dinámicas culturales relacionadas con esta circunstancia: el tema del compromiso político que se exigía al escritor y la mirada despectiva que esto solía derivar hacia el género fantástico. Pero hubo también otras variables de época que incidieron en ello. Dado que la experimentación radical, heredera de las vanguardias, estaba en boga todavía -de hecho, Fuentes había realizado ya un extraordinario despliegue de esta actitud poética en la escritura de “La región más transparente” (1958)-, la claridad de la narración era vista como un desliz, como una concesión excesiva hacia el lector. Por eso, incluso críticos tan serios como Luís Harss valoraron negativamente esta obra: La frágil “Aura”, con todos sus sortilegios, no embruja nunca al lector. El mal es estructural. Para que haya revelación, primero tiene que haber disimulo. Aquí, en cambio, todo el sentido de la pieza es evidente desde el comienzo (…) Hasta el estilo de Fuentes se ha relajado en “Aura”, volviéndose ameno hasta la banalidad. Todo está demasiado bien hilvanado. No
dejan de parecer curiosas estas afirmaciones, pues valores literarios
que hoy son recibidos positivamente, como la amenidad y la buena construcción
del entramado, aparecen estigmatizados con mucha firmeza por el gran crítico
chileno-argentino. Y es cierto que la escritura de “Aura”
propone una forma particular de relacionarse con el lector: la prosa es
impecablemente clara -muy poética pero sin oscurecer la comprensión
de lo dicho-, con lo cual puede seguirse, sin dificultades, el recorrido
del protagonista. No obstante, en las percepciones es donde se halla introducido
todo el extrañamiento; en otras palabras, la atmósfera cargada
de simbolismos impone un ritmo lento de lectura. Diríamos: lo que
se haya enrarecido no es el lenguaje sino la percepción del mundo
narrado, y esto resulta muy conveniente para producir el efecto de lo
fantástico. Pues bien, hacia 1976, transcurridos catorce años
desde su publicación, la recepción de “Aura”
seguía siendo menos festiva que la de otras obras de su autor.
Así lo registra Gloria Durán, quien atribuye esto a una
especie de desconcierto entre la crítica por la obsesión
que manifestaba Fuentes ante los temas míticos y fantasmagóricos:
“La bibliografía relativa a ‘La región más
transparente’, ‘La muerte de Artemio Cruz’, y ‘Las
buenas conciencias’, es ya muy considerable; en cambio es relativamente
mucho menor el número de estudios dedicados a ‘Aura’,
la primera novela de Fuentes en que la magia desempeña un papel
esencial”. Durante los primeros años, pocos críticos
de prestigio consideraron seriamente esta narración y le reconocieron
su verdadero valor literario -entre los que sí lo hicieron aparece
la figura de Emir Rodríguez Monegal, quien se destacó siempre
por su atinado criterio-. Hoy, a más de cuatro décadas,
el panorama ha cambiado radicalmente. La profusión y variedad de
estudios sobre “Aura” es enorme. Y no sólo es considerada
una de las obras más importantes de Carlos Fuentes, sino una de
las mejores nouvelles escritas en lengua española. Caminas con lentitud, tratando de distinguir el número 815 en este conglomerado de viejos palacios coloniales convertidos en talleres de reparación, relojerías, tiendas de zapatos y expendios de aguas frescas. Las nomenclaturas han sido revisadas, superpuestas, confundidas. El 13 junto al 200, el antiguo azulejo numerado -47- encima de la nueva advertencia pintada con tiza: ahora 924. Podemos advertir cómo los distintos componentes de la narración han sido dispuestos con esmero para subrayar el sentido de lo irrevocable: la utilización de la segunda persona o esa permanente oscilación entre el presente y el futuro. Nos encontramos con este tipo de construcción: “Lograrás verla cuando des la espalda a ese firmamento de luces devotas. Tropiezas al pie de la cama; debes rodearla para acercarte a la cabecera”. La atmósfera así conseguida prefigura un destino ineludible que se cierne sobre el protagonista. Como bien lo ha anotado Gloria Durán, el narrador “sabe con precisión lo que va a hacer Felipe porque él ya lo hizo en una existencia anterior. Así, aunque el narrador hable frecuentemente en tiempo futuro, cuenta con un sólido elemento del pasado; es un futuro inevitable”. Estamos, de este modo, ante aquello que Freud denominó lo siniestro. Este sentimiento se genera -explicaba el maestro vienés en su agudo estudio sobre los cuentos de Hoffmann, especialmente sobre “El hombre de arena”- con la irrupción de un elemento familiar que había sido olvidado por obra de la represión psicológica. Y más aún: con la repetición de ese factor inesperado, aparece la sensación de que hay algo ineludible y ante lo cual se está inerme. Carlos Fuentes ha logrado concentrar aquí todos los factores necesarios para crear en el lector, desde el arte de la ficción, esta entrañable vivencia descrita por Freud. Entonces, nos encontramos con la omnipotencia de las ideas, que se manifiesta, por ejemplo, en la aparición permanente de la coneja llamada Saga -el nombre nos lleva a recordar la imposibilidad de Carlota de Bélgica, modelo primigenio de la viuda Consuelo, para procrear-; o con la inmediata realización de los deseos, que se expresa en la posibilidad, por parte de la viuda, de alcanzar la eterna juventud, así sea en intervalos transitorios; o con el regreso de los muertos -en este caso, del general Llorente-; en fin, la coherencia simbólica y psicológica de esta obra es sorprendente. Y es necesario destacar, por otra parte, la pluralidad de formas que confluyen en ella y la manera como se implican orgánicamente. Tal como lo ha señalado Julio Ortega, “‘Aura’ es también un pequeño tratado de la forma incierta: cada signo remite a otro, menos verificable, y en ese proceso la novela posee el arrebato de un tableau que se desplegara como una hipótesis barroca, esto es, indemostrable fuera de su arabesco, pliegue y reverberación”. Junto a Felipe Montero, habremos de recibir una pasmosa revelación: estamos hechos de tiempo. Con “Aura” nos ha regalado el maestro mexicano, verdaderamente, un clásico de la literatura fantástica. * * * * * En la obra de Carlos Fuentes hallamos una permanente búsqueda del mito -como principio de elaboración cultural que rige la literatura y, muy especialmente, el arte de la ficción-. No se trata, por supuesto, de una concepción peyorativa de éste, como algo que se oponga a lo racional, sino todo lo contrario: el mito entendido como una racionalidad otra, distinta y distante del método científico; pero no por ello menos rigurosa, ni menos comprensiva, ni menos iluminadora en el ámbito del conocimiento. Ahora bien, su relación con el género fantástico es muy particular. No acude a él como un fin en sí mismo; es decir, no apela a éste como un modelo que oriente de modo unívoco su poética. Por eso nos topamos en sus historias con modalidades diversas, tanto en los temas como en los registros narrativos. En los “Cuentos sobrenaturales” podemos encontrar dioses precolombinos, personajes metamórficos, fantasmas, robots, mansiones abandonadas, órganos emancipados de su cuerpo, hechiceras. Y aunque sus obsesiones se mantienen -la identidad, el tiempo, el lenguaje-, sus ficciones se juegan en tonos tan disímiles como el surrealismo, el relato gótico, o el realismo mágico. La suya es una disposición siempre abierta a la infinidad de posibilidades que la tradición ofrece. En una carta que le dirigió a Gloria Durán, fechada en París el 8 de diciembre de 1968, el propio Fuentes lo expresaba de esta manera: “Bueno: no hay literatura huérfana, por más que los malos críticos de nuestros países así lo exijan (‘el que lee a Proust se prostituye’, decía un beato chovinista literario en México). Y quizás no hay más novedad que las nuevas y a veces escandalosas combinaciones de la tradición”.
Bibliografía
citada Freud, Sigmund (1973): Obras Completas, Tomo III. Editorial Biblioteca Nueva, Madrid. Fuentes, Carlos (2007): Cuentos sobrenaturales. Editorial Alfaguara, Madrid. García-Gutiérrez, Georgina (compiladora) (1995): Carlos Fuentes. Relectura de su obra: Los días enmascarados y Cantar de ciegos. Universidad de Guanajuato, El Colegio Nacional, Instituto Nacional de Bellas Artes, México. Harss, Luís (1973): Los nuestros. Editorial Sudamericana, Buenos Aires. Jiménez, José (1993): Cuerpo y tiempo: la imagen de la metamorfosis. Ediciones destino, Barcelona. Lovecraft, Howard Phillips (1998): El horror en la literatura. Alianza Editorial, Madrid. Menton, Seymour (1998): Historia verdadera del Realismo Mágico. Fondo de Cultura Económica, México. Ortega, Julio (1995): Retrato de Carlos Fuentes. Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores, Barcelona. Rodíguez Monegal, Emir (2003): Obra selecta. Editorial Biblioteca Ayacucho, Caracas. Todorov, Tzvetan (1972): Introducción a la Literatura Fantástica. Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires. Revistas y otros Donoso, José: “¿Por qué Carlos Fuentes en su último libro se suelta el pelo y no se atiene a la vasolina académica tradicional?”, La cultura en México, enero 20 de 1965, número 153. Olea Franco, Rafael: “Literatura fantástica y nacionalismo: de Los días enmascarados a Aura”, Revista Literatura Mexicana, 2006, vol. XVII, número 1. |
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