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Panorama incierto


(Juan Diego García)

Como solución a la crisis no ha habido refundación del capitalismo ni tampoco una vuelta a las fórmulas keynesianas que sirvieron en su día para aminorar el duro impacto de la recesión. Descontando cambios cosméticos y mucha retórica el modelo neoliberal se mantiene intacto, los responsables del colapso siguen al mando y quienes propiciaron el desastre son los mismos que ahora proponen las soluciones.

El capital financiero, salvado de la quiebra por el estado, vuelve a sus prácticas tradicionales y anuncia alborozado cómo en 2009 ha vuelto a obtener ganancias fabulosas mientras crece el desempleo y se repiten cuadros de pobreza que en el primer mundo se creían superados para siempre y que en la periferia pobre del sistema adquieren dimensiones de tragedia. El riesgo de una explosión social generalizada no es pequeño.

Las declaraciones sobre la pronta recuperación de la economía mundial responden más bien a necesidades políticas de los gobiernos mientras los especialistas llaman a no sobredimensionar pequeñas señales de mejoramiento que bien podrían ser la antesala de crisis aún mayores a corto plazo.

La dura realidad he hecho añicos el mito neoliberal de un capitalismo sin ciclos económicos y un crecimiento ininterrumpido y se constata de nuevo que ésta y las anteriores crisis son un resultado natural del sistema. Las políticas económicas equivocadas, la mala fe o las prácticas mafiosas de algunos capitalistas pueden agravarlas pero no las explican. La misma dinámica del sistema las hace inevitables. Las fórmulas paliativas del reformismo que podrían aliviar la situación y propiciar algún tipo de equilibrio -inestable pero equilibrio a fin de cuentas- no parecen contar hoy día con apoyos suficientes dentro de la clase dominante, envalentonada ante la debilidad de una oposición social desconcertada que la obligue a pactar alguna fórmula con el mundo del trabajo. La experiencia muestra que los acuerdos capital-trabajo no nacen de la buena voluntad o inteligencia de los propietarios sino de la persistente y organizada lucha de las clases laboriosas.

Además, a la burguesía no le interesa desmantelar el modelo neoliberal porque si bien éste ha generado más pobreza a las mayorías y ha dado una dimensión catastrófica a la crisis, el gran capital no solo ha obtenido en el pasado grandes beneficios con el modelo sino que luego del paréntesis del año anterior vuelve a recogerlos. O sea, no se emprende la reforma del sistema por escasez de alternativas, estupidez o torpeza sino sencillamente por los enormes beneficios que reporta a las elites dominantes. Una ruptura social más profunda y posibles acciones desestabilizadoras o revolucionarias serían en todo caso controladas a través de un estado crecientemente represivo y alejado cada vez más del ideario liberal. Las voces sensatas que aún desde las mismas filas de la burguesía avizoran dificultades similares a las actuales o aún mayores a corto o mediano plazo no tienen eco alguno en las instancias del poder. Basta revisar los debates y las conclusiones de las muchas cumbres gubernamentales que se realizan para hacer frente a la crisis. Los cambios propuestos, cuando los hay, no afectan en lo fundamental la estrategia del neoliberalismo.

Apenas debe entonces extrañar que la cuestión medioambiental reciba un tratamiento similar como se ha puesto de manifiesto en la reciente cumbre de Dinamarca sobre el cambio climático. Y es comprensible que así ocurra puesto que a estas alturas a tenor de los análisis científicos, reducir el impacto negativo sobre el medio exige una profunda transformación de los modelos de producción y consumo, algo que afectaría de lleno los intereses del sistema capitalista. Producir menos o desistir definitivamente de ciertos productos no entra en los cálculos de ningún centro de poder aunque todo indique que a mediano plazo el actual modelo de producción y consumo resulta objetivamente insostenible. Un orden social que sea contrario al despilfarro y al consumismo desenfrenado, atendiendo antes a la calidad de vida que a sus aspectos cuantitativos va en principio contra la filosofía de la ganancia como meta central de la economía y supondría priorizar al ser humano e instituir decisivos controles la actividad humana ya no solo a nivel nacional sino regional y hasta mundial.

Igualmente crítico es el panorama de la paz. El fin de la Guerra Fría no canceló los conflictos de entonces –que han adquirido otras formas- y en la actualidad a aquellos hay que agregar otros nuevos en una perspectiva de conflicto interminable que escenifica bien la llamada guerra contra el terrorismo.

Asia es el escenario de guerras de destrucción masiva en que las potencias capitalistas occidentales intentan afianzar sus zonas de influencia y hacer frente la desafío de viejos rivales como Rusia y China (ahora también capitalistas) y de nuevos actores como India o Irán que desafían su hegemonía tradicional. África es el teatro dramático de todo tipo de guerras tras las cuales aparecen indefectiblemente las empresas multinacionales y los gobiernos de los países ricos, en dura disputa por los enormes recursos naturales del Continente Negro. América Latina, con democracias que se creían consolidadas y hacían innecesario el camino de la insurgencia popular, despierta de su sueño en medio del golpe militar en Honduras, intentos similares en Paraguay y Ecuador, amenazas a Venezuela y Bolivia, el mantenimiento del criminal bloqueo a Cuba, la “guerra contra las drogas” de México con los inevitables resultados de profunda descomposición social, destrucción de la institucionalidad y pérdida creciente de la soberanía nacional.

La derecha no descansa; se alientan planes desestabilizadores en Argentina y aumenta el despliegue militar de los Estados Unidos por tierra, mar y aire, convirtiendo a Colombia en una inmensa plataforma que amenaza la estabilidad de la región y extiende el campo de operaciones estratégicas del Pentágono hasta el sur profundo de Tierra de Fuego y el mismo continente africano. Solo proyectos integracionistas como la ALBA y un poder emergente como Brasil parecen perturbar esta nueva colonización del continente.

En el mundo rico la izquierda ensaya nuevos caminos. En Europa crece la fuerza e influencia de tendencias sociales y políticas que ponen en entredicho ya no el modelo neoliberal sino el sistema mismo, con perspectivas nada desdeñables de ocupar el espacio de una socialdemocracia en franca y profunda crisis tras su claudicación ante los postulados neoliberales y el abandono de sus banderas reformistas. Este proceso tampoco es ajeno a Japón e inclusive se produce en los mismos Estados Unidos.

En el Sur se destaca sin duda la respuesta popular en Latinoamérica, convulsionada por movimientos sociales muy diversos que han desequilibrado todo el andamiaje del control político y propician la aparición de gobiernos populares y nacionalistas. Luego de soportar la dura purga de un neoliberalismo feroz y abandonadas ya las ilusiones que generó la nueva administración en Washington, varios gobiernos de Latinoamérica y el Caribe apuestan en unos casos por un reformismo más o menos radical y en otros sencillamente por desmantelar el capitalismo y emprender caminos inéditos. Las iniciativas que proponen un modelo socialista original para estos países aún requieren ciertamente una formulación teórica más sólida y niveles de organización más eficaces que permitan ir más allá de la denuncia y la protesta y se conviertan en fórmulas de gobierno efectivas. Más aún si se proponen avanzar hacia una democracia de participación real que no se limite al evento electoral y genere formas de autogobierno y autogestión. Pero de momento son la respuesta civil más prometedora de la izquierda en el mundo.

Es éste un panorama mundial incierto sin duda, pero que en manera alguna determina necesariamente un desenlace negativo para las fuerzas del progreso. En realidad, la mayor incertidumbre amenaza el futuro del sistema. La crisis de la izquierda es una crisis de crecimiento mientras el capitalismo aparece agotado como proyecto y acabado como solución a los problemas más elementales de la humanidad además de representar un riesgo creciente para el medio ambiente y un peligro para la misma supervivencia de la especie. La evidente decadencia de los Estados Unidos - corazón mismo del sistema- es el canto de cisne de la burguesía, otrora una fuerza revolucionaria, convertida hoy en un parásito venenoso y en un obstáculo que es necesario remover.

 
     
 
 
     
     
 
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