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LA FOTOCOPIADORA
Por
León Gil
Hoy si que ocurrió algo bien extraño; digno no sólo
de consignar en este diario, sino de publicarlo en los diarios de la prensa.
Sucedió que cuando pasé a recoger las benditas fotocopias
para el maldito proceso; como a las 5:30 p.m., la joven y simpática
señora de la fotocopiadora estaba, literalmente, rodeada de papeles,
medio sepultada por un cerro de hojas tamaño carta y tamaño
oficio; fotocopias aún húmedas y calientes. La pobre mujer
sudaba. Cuando me vio frunció sus labios y meneó la cabeza,
mientras se secaba el sudor de encima de sus labios con el dorso de la
mano y se agachaba para recibir una nueva fotocopia. La cual miró
brevemente, para luego entregármela meneando de nuevo la cabeza
y diciéndome: “mire, en éstas estoy desde las dos
de la tarde. Esto es como para volverse loca. Parece cosa del mismo demonio.
¿Sí ve? ¡Mire! Un cuento, una historia o no sé
qué”.
Tomé la hoja que me entregó y vi un texto bajo el título:
Dos puticas típicas y media de aguardiente. Esto me hizo sonreír.
“¿Y bien, –le pregunté- esto qué es?”
–“Ya lo ve, fotocopia que saco de cualquiera de los 1648 originales
que me trajo, fotocopia que me sale con una cosa de esas”. “No
puede ser –le dije-, ¿ya ensayó con otros documentos?”
–“sí, pues claro, y salen normales. Es decir, lo que
tenía que fotocopiar. Mire”. Y se apresuró a fotocopiar
lo primero que tenía a la mano: una hoja de esas, minerva, o no
sé qué, que se usan para solicitudes de trabajo.
Efectivamente, apareció en la hoja arrojada por la máquina,
lo mismo que en la original; sólo que en blanco y negro. Era una
perfecta fotocopia. “Hágale con esta por favor, yo veo”
–le dije-. Y tomé un Certificado de existencia y representación,
que le entregué, a la par que pedía permiso para pasar y
mirar con mis propios ojos el extraño fenómeno; o quizás,
el maravilloso milagro del que hablaba la mujer.
Tomó el documento que le entregué y, después de mirarlo
por ambos lados, levantó la tapa de la máquina, lo puso
con todo cuidado, la tapó, le dio start, y me dijo: “Recíbala”.
Esperé; escéptico pero ansioso, mientras escudriñaba
con la mirada todo lo que había en, y alrededor de la máquina.
Al cabo de unos largos segundos, el aparato vomitó una hoja caliente.
La recibí precipitadamente, literalmente, se la saqué de
la boca.
No pude contener la risa: la fotocopia no reproducía nada del original;
en su lugar apareció un texto que ocupaba ¾ de página,
titulado, La gallina que se tragó dos mosquitos vivos y cinco muertos.
Quise
leer el texto, pero la curiosidad me lanzó más bien sobre
la “montaña mágica” de fotocopias. Tomaba de
arriba, del fondo, de los lados; y en cualquiera había un texto
diferente con un título que jamás había leído
u oído mencionar. Era sencillamente asombroso. Le pregunté
si con la otra máquina ocurría lo mismo. Me contestó
que no. Que inclusive había probado con las fotocopiadoras de la
papelería vecina, y que todo salía normal.
Le pregunté si le había contado a los vecinos lo que estaba
sucediendo, y me respondió que no, que para qué, ¿para
que se burlaran de ella?
Le rogué que no se lo contara a nadie, que con esa máquina
y los malditos documentos del expediente podíamos hacer una fortuna
y hasta volvernos famosos.
Ella soltó una sonora carcajada y me dijo: “llévesela,
se la vendo; usted está más loco que esta loca de chatarra”.
“¿En serio? –Le dije- “Claro -respondió;
riendo todavía-, se la vendo”. “¿Cuánto
vale?” –Le dije- Sin poder ocultar la excitación. “No
sé –Me contestó, sin mostrar interés alguno-,
tendría que consultar con mi esposo. Si quiere llámeme mañana
en la mañana, o venga para que hablemos”. “¡Listo!
– Le dije, con una sonrisa desencajada y un tono que según
la expresión de su rostro, parecía como si acabara de ver
y escuchar a un enajenado- Yo la llamo mañana temprano, y si sigue
ocurriendo lo mismo, mañana mismo me la llevo. Chao”.
Y salí corriendo. Ahora voy en el bus, directo a mi casa. No veo
la hora de contarle a mi esposa para que pensemos cómo podremos
conseguir el dinero para hacernos a la máquina. Lástima
que no me traje ni una sola fotocopia para que leyéramos alguno
de los cuentos o historias.
¡Ojalá no me salga con el cuento que me estoy inventando
un cuento de literatura fantástica!
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