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Prisión para una británica que hace escándalo en sus orgasmos

Por Jairo Cala Otero / Periodista – Conferenciante

Una noticia fechada en noviembre del año 2009 daba cuenta de la condena de prisión infligida por una jueza a una dama británica, ¡porque producía mucho ruido durante sus orgasmos con su marido! Eso perturbaba la tranquilidad de sus vecinos, que se habían quejado previamente ante las autoridades; y terminó con la sanción, que no es común, quizás por lo insólita. Pero es ejemplarizante.

Caroline Cartwright, de 48 años, había sido advertida primero por exceso de ruido. Pero no controló sus “aullidos” durante las cópulas posteriores, según contaba la información, fechada en Londres. Por consiguiente, tal advertencia se convirtió rápidamente en una orden de conducta antisocial por incumplimiento. La mujer interpuso un recurso legal, para que se anulara la orden, pero lo perdió en noviembre.

La jueza Beatrice Bolton se pronunció diciendo: "He escuchado una corta grabación del ruido que usted hace y entiendo perfectamente que sus vecinos estén contrariados y perturbados". Y añadió a su sentencia: "Además, está muy claro (...) que no hace usted ningún esfuerzo para callarse".

La jueza argumentó que le infligía una "pena de prisión para disuadirla". "Y si comete usted nuevas infracciones de esta naturaleza, su pena será validada y tendrá que cumplirla", le advirtió.

En una audiencia previa, la mujer explicó que no lograba bajar el volumen de sus gritos cuando mantenía relaciones sexuales con su marido. Un sonómetro instalado en un apartamento vecino midió hasta 47 decibelios.

Un caso semejante despertaría muchas suspicacias en una sociedad como la colombiana, plagada no solamente de atraso cultural sino de valores humanos desteñidos, venidos a menos cada día. Aquí no habría ni un inspector de policía que se inmutara ante una queja semejante. Para ser más precisos: ninguna autoridad le “pararía bolas” a una queja de tal magnitud. Se le consideraría un asunto de poca monta, sin ninguna importancia, que no vale la pena ni considerar.

Si no se atienden quejas más sustentadas y de mayor dimensión, qué se van a ocupar las autoridades de policía y los jueces de hechos escandalosos que perturben y contradigan la tranquilidad y la calidad de vida de los vecinos. Aquí, al revés, la impronta es que entre más ruido hagan los desadaptados sociales menos atención merecen los reclamantes; entre más se quejen, mayor es el volumen del escándalo y más prolongadas las sesiones que sobresaltan el sueño.

Bastaría hacer una encuesta por todas las grandes ciudades de Colombia para comprobar que ese mal cultural es pandémico. En cualquier momento de la noche irrumpe un sonido extravagante, y detrás de él unas voces estentóreas, de gentuza sin consideración alguna por los derechos de sus semejantes. Todo porque hay que celebrar cualquier motivo. Al volumen del equipo eléctrico, con los infaltables vallenatos durante toda la noche, se agrega el desmedido consumo de licor de los contertulios. Éstos van perdiendo el sentido de la audición a medida que el licor hace estragos en sus cerebros; y empiezan a gritar, a emular a los cantantes y a discutir sin ton ni son. Muchas veces terminan trenzados en grescas fenomenales. ¿Quién puede dormir con semejante horda despierta?

Lo más grave es que cuando un vecino, atormentado y a punto de un ataque de ira ante semejante tortura, opta por llamar a la Policía Nacional se encuentra con una imperturbabilidad extrema entre los uniformados. ¡No se inmutan, son indiferentes y mentirosos! Se limitan a anunciar que enviarán una patrulla para hacer callar a los ruidosos que no dejan dormir, pero ella nunca llega. O si lo hace “por milagro”, como para no dejar de actuar, no impone la autoridad. Apenas se marchan los patrulleros, el ruido se duplica; y la jornada de tormento se prolonga hasta cuando el sol se ha colado por las ventanas de las casas.

Eso sí, en la televisión el Director de esa institución armada siempre sostendrá que sus hombres velan por la vida, honra, bienes y derechos de sus compatriotas. Pero de la televisión no pasará la propaganda para la institución. En el terreno práctico el asunto es de deficiencia. Porque no hay mística entre muchos policías por el cumplimiento de su deber; por aplicación del Código Nacional de Policía, que es una norma ineludible, porque encarna un instrumento para la convivencia sana, y para garantizar el descanso de otros colombianos.

Por eso, el caso de los “polvos ruidosos” de la británica Caroline Cartwright es muy ejemplarizante. Eso, que pareciera no incomodar a nadie, porque se trata de manifestaciones sonoras de un acto sublime, en la culta sociedad de Gran Bretaña es un acto perturbador y merece sanciones. Quizás podría decirse que el tormento también se genera del hecho de saber que al otro lado de la pared hay un par de seres humanos gozando de lo lindo, mientras los quejosos no logran “aclimatarse” de tal forma en la cama. Esa envidia lasciva daría para que aquí, entre nosotros, algunas señoras echaran al vuelo la afirmación de que la vecina que se manifiesta estentóreamente durante sus apareamientos carnales es una putica, que ha aprendido esos aullidos en un burdel, a donde acude por necesidad porque su marido no tiene trabajo.

Esa es una simple razón –de peso, además- para que en Gran Bretaña, Estados Unidos, España, Alemania, Suiza, Suecia y países de semejanza cultural, nos sigan llamando despectivamente “los suracos”, que traducido al buen romance significa “los subdesarrollados”. ¡Cierto es, aunque nos duela!

 
     
 
 
     
     
 
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