UNA PAUSA EN LA PRISA

 

                                                   (In Memoriam)

 

                                                                                    por Francisco G.Quinto *

 

  ¿Dónde está la Luna de San Francisco? me preguntaba hace unos días uno de mis amigos suicidas del Golden Gate.  Sus últimas vivencias fueron un auténtico elogio a la muerte. Poco antes de que se lanzara al vuelo sobre las aguas de la Bahía, me envió un último e-mail en el que quedaban bien demostrados los últimos estertores de una vida que se eclipsaba por segundos. El hada azul portadora del SIDA, siempre presente en sus confusos pensamientos acabó por devorarle y cerrarle las puertas de un mundo  que ya no podía querer. Estaba convencido de haber  perdido toda su prisa por vivir y nada ni nadie le demostraría encontrar un motivo para no hacer una pausa.

Cuando abrí mi ordenador y leí su e-mail, ya había sido incinerado. De sus cenizas me quedaron estos últimos pensamientos suyos, tan queridos:

 

Cae la tarde...llega la noche...nace el misterio...

 

     Las álgidas luces, como ánimas en pena, parpadean  sobre el pavimento mojado de una de las calles muertas del sector del “tenderloin” de San Francisco. Desde la ventana de mi casa de cristal,"The Mandarin Palace” (antigua residencia de chinos importantes) puedo ver, protegido y olvidado en mi tedio, las pocas hileras de autos aparcados en ambos laterales de esta calle gris, como si fueran féretros vacíos esperando a sus muertos. El cielo es blanco y luminoso como un océano de nata; y hay en este anochecer pálido, mortecino, en esa interrogante pausa de misterio entre la última luz y las primeras sombras que serán iluminadas por la nieve, como una espera febril y enardecedora que alimenta  viejos y pasados éxtasis de amores extinguidos, nacidos y abortados en mí, avivando un fuego que se cubre de hielo ahora cuando ya están asfixiados de imposible y de renuncia.

 

     Oigo también, mágicamente, con toda la presencia viva e incorpórea, palpitante en un lenguaje directo y sin enigmas, la voz fascinante de una sonata que se adentra en esa cámara mortuoria que es mi habitación, e interpreta todo mi sentir. Se diría que esas manos geniales arrancadas de cualquier rincón del universo hubieran sido elegidas para pulsar hoy, en ese instante, mi piano interior.

 

     Sigo escuchando cuando empieza a nevar (suceso extraordinario en California) y descubro que el mundo es tan frío que nunca podrá calentarme. La misteriosa noche me parece tan abrumadora y fantasmal desde esta ventana, que, me da miedo mirar a través de ella.

 

      Hay un perro abandonado abajo, en el frío, y a lo lejos veo unas casas quemadas-dramática presencia de siniestros desesperantes que yo mismo he presenciado en medio de la noche-que se mantienen firmes como despojos ahumados.

 

     ¡Oh, mundo, mundo! ¡Todos somos el blanco de esta lanza disparada al aire que un día ha de alcanzarnos! No puedo más. Asomarme al exterior me produce náuseas. Una angustia vital, enfermiza. Sin pensarlo por segunda vez he corrido las cortinas y he encendido todas las lámparas de la sala. El piano ha enmudecido, al fin, y el cálido clima de este interior me ha devuelto la calma.

 

    Me he sentado dispuesto a no pensar. Pero el libro de poemas franceses abierto sobre la mesita, me ha asaltado también con un pensamiento propicio: "Hice el estudio de la felicidad, que nadie elude"… Y que por supuesto, el poeta tampoco encontró. Me hallo en su mismo lugar. Después de este intento, como hacemos todos durante toda una vida, ha llegado mi hora de renunciar y sepultar todo lo que ha sido atractivo y que ya no lo es, procedente de "afuera". Siempre se puede volver a nacer, dejando al servidor viejo.

 

    Ha sido en ese preciso instante cuando creo haberlo  entendido todo y aceptarlo sin dolor. 

 

 

 
  * Reseña biografica